La economía colombiana cerró 2025 con un crecimiento del 2,6%, evidenciando un desarrollo a «tres velocidades». Mientras el consumo de los hogares impulsó el dinamismo, la industria se mantuvo estancada y el sector agropecuario registró caídas preocupantes. Expertos advierten que este desequilibrio, sumado a una inversión privada debilitada y un alto déficit fiscal, compromete la sostenibilidad del crecimiento a largo plazo, a pesar de la recuperación en el empleo.
El balance económico de Colombia al cierre de 2025 reveló un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) del 2,6%, una cifra que, aunque superior al desempeño de 2024, refleja una profunda fragmentación sectorial. Este fenómeno, descrito como una economía a «tres velocidades», muestra un consumo privado y público disparado que actúa como el principal motor de la actividad. Sin embargo, este impulso no ha sido suficiente para arrastrar a otros sectores clave, dejando un panorama de crecimiento desbalanceado que preocupa a los analistas de mercado.
En la primera velocidad se encuentra el gasto, favorecido por la caída gradual de la inflación y las tasas de interés. El sector servicios, el comercio y el transporte capitalizaron este dinamismo, permitiendo que el Índice de Seguimiento a la Economía (ISE) mostrara repuntes importantes en meses específicos. Este auge del consumo también se tradujo en una recuperación del mercado laboral, con un crecimiento del empleo superior al 3%, lo que permitió reducir la tasa de desempleo a pesar de la persistencia de la informalidad.
Por el contrario, la segunda velocidad muestra una industria manufacturera estancada. La debilidad en la inversión privada ha impedido que el sector fabril recupere los niveles de producción previos a la pandemia, enfrentando altos costos operativos y una incertidumbre regulatoria que frena la expansión de capital. Esta falta de inversión productiva es señalada por entidades como Fedesarrollo como el mayor obstáculo para que el país pueda sostener ritmos de crecimiento superiores al 3,5% en los próximos años.
La tercera velocidad, y quizás la más alarmante, es la del sector agropecuario y minero-energético, que continúa en terreno negativo con contracciones anuales que rondan el 2%. El campo sigue sin «levantar cabeza», afectado por factores climáticos, altos costos de insumos y una falta de política de reactivación concreta para la ruralidad. Esta caída en el sector primario no solo afecta el PIB, sino que presiona los precios de los alimentos, generando un ciclo de inflación que termina por golpear nuevamente el bolsillo de los consumidores.
Desde una perspectiva fiscal, el gasto público excesivo ha sido un catalizador de la demanda agregada, pero a un costo elevado. Se estima que el déficit fiscal podría alcanzar el 7,5% del PIB, convirtiéndose en uno de los más altos en la historia moderna del país. Esta situación limita el margen de maniobra del Gobierno para realizar inversiones directas en los sectores rezagados y genera una presión adicional sobre las tasas de interés, que deben permanecer altas para contener el exceso de liquidez y la inflación.
En conclusión, el crecimiento de 2025 dejó una economía que camina con pasos desiguales. Mientras el consumo y los servicios sostienen las cifras generales, el estancamiento industrial y la caída del campo sugieren una pérdida de capacidad productiva. Para 2026, el desafío será equilibrar estas velocidades, incentivando la inversión privada y rescatando al sector agropecuario, con el fin de evitar que el crecimiento dependa exclusivamente de un gasto que, ante el déficit fiscal, resulta cada vez más difícil de financiar.
RealRisk / Fuente: ISE