El mercado de bebidas en Chile vive una reconfiguración en las preferencias de empaque y empaquetado (packaging), donde la conveniencia y la sostenibilidad guían las decisiones tanto de las marcas como de los consumidores. La lata de aluminio ha dejado de ser un envase exclusivo para refrescos y cervezas, convirtiéndose en el formato de mayor dinámica y penetración en el país.
El crecimiento de este formato se apoya en la diversificación de las ocasiones de consumo. Patrones de vida más dinámicos han multiplicado los momentos de consumo «on-the-go» (sobre la marcha), actividades al aire libre, festivales y reuniones informales en el hogar donde los envases de vidrio resultan poco prácticos o están restringidos. A esto se suma la capacidad técnica del aluminio para enfriarse de manera más rápida, proteger el contenido de la luz y el oxígeno, y ofrecer porciones individuales controladas (ready-to-drink).
En paralelo, la industria de bienes de consumo masivo (CPG) ha acelerado la extensión de la lata a categorías no tradicionales. En el mercado chileno cobra fuerza la adopción del vino en lata (un segmento impulsado por viñas locales para captar a consumidores jóvenes), así como de aguas con gas saborizadas, bebidas energizantes de origen natural, kombuchas, tés fríos y cócteles preparados.
Desde la perspectiva de la sostenibilidad y la economía circular, la lata de aluminio ofrece ventajas competitivas decisivas. Su tasa de reciclaje infinitamente reutilizable y su menor peso logístico que optimiza el transporte y reduce la huella de carbono en la distribución alinean a los fabricantes con las exigencias regulatorias de la Ley REP (Responsabilidad Extendida del Productor) en Chile y con las expectativas de un consumidor cada vez más enfocado en el impacto ambiental de sus compras.
RealRisk / Fuente: CPG